«EL RING DE LOS DEBATES»: El perdón de Francisco

No es la primera vez que el Papa Francisco condena la pederastia. Sin embargo, es quizás el texto más humano que le he leído sobre el tema.

Su Santidad escribió el prefacio del libro Lo perdono, padre, de Daniel Pitteten, un ciudadano francés que fue violado de niño por un religioso a lo largo de cuatro años.

Conocí a Daniel en el Vaticano en 2015, en ocasión del Año de la vida consagrada. Quería difundir a gran escala el libro titulado «Amar es darlo todo», que reunía los testimonios de religiosos y religiosas, de sacerdotes y consagrados. No me podía imaginar que este hombre entusiasta y apasionado de Cristo fuera una víctima de abusos por parte de un sacerdote. Sin embargo, esto fue lo que me contó, y su sufrimiento me afectó mucho. Vi una vez más los daños espantosos provocados por los abusos sexuales y el largo y doloroso camino que espera a las víctimas”, se lee en el texto.

El Pontífice se pregunta: “¿Cómo puede un sacerdote, al servicio de Cristo y de su Iglesia, llegar a provocar tanto mal? ¿Cómo puede haber consagrado su vida para conducir a los niños a Dios, y acabar, en cambio, devorándolos en eso que he llamado «un sacrificio diabólico», que destruye tanto a la víctima como la vida de la Iglesia? Algunas víctimas han llegado hasta el suicidio. Estos muertos pesan en mi corazón, en mi conciencia y en la de toda la Iglesia. A sus familias ofrezco mis sentimientos de amor y de dolor y, humildemente, pido perdón”.

Francisco describe la pederastia como “una monstruosidad absoluta” y “un pecado horrendo”. Añade que “es nuestro deber dar prueba de severidad extrema con los sacerdotes que traicionan su misión, y con su jerarquía, obispos o cardenales, que los hubieran protegido, como ya ha sucedido en el pasado”.

LAS CIFRAS DE LA MONSTRUOSIDAD

Los números son escalofriantes: mil 880 curas involucrados, cuatro mil 440 niños abusados y un millar de instituciones católicas señaladas. Son las cifras del escándalo de abuso sexual a menores por parte de la Iglesia católica en Australia.

Los datos fueron dados a conocer por una Comisión Investigadora que siguió las denuncias de casos ocurridos entre 1950 y 2010. Según los datos que recogió este grupo, las víctimas tenían en promedio 10.5 años en el caso de las niñas y 11.5 años en el caso de los varones. Los abusos tardaron, en promedio, 33 años en ser denunciados.

Entre los miles de testimonios desgarradores que recogieron los investigadores están casos como el de un hombre que denunció haber sido abusado sexualmente por el maestro de su escuela católica en plena clase. Otra presunta víctima fue amenazada con un cuchillo por un sacerdote, que además obligó a niños a arrodillarse entre sus piernas.

Los niños fueron ignorados o peor, castigados. Las acusaciones no fueron investigadas. Los sacerdotes y los religiosos involucrados fueron trasladados. Las parroquias y comunidades que los recibieron no supieron nada de su pasado”, describió Gail Furness, la principal asesora legal de la comisión.

En junio de 2015, el Papa Francisco decidió romper el silencio que por siglos reinó en la Iglesia Católica sobre la pedofilia, al anunciar el primer juicio contra un ex nuncio por ese crimen, el polaco Jozef Wesolowski, y destituir a dos obispos acusados de encubrimiento de sacerdotes que abusaron de menores: el arzobispo de Saint Paul y Minneapolis, monseñor John Clayton Nienstedt, y su adjunto, monseñor Lee Anthony Piche.

En el prefacio del libro Lo perdono, padre, el obispo de Roma relata que Daniel Pitteten se encontró con su agresor 40 años después de los abusos: “Y le tendió la mano. El niño herido es hoy un hombre de pie, frágil pero de pie. Me sorprenden mucho sus palabras: «Muchas personas no logran comprender que yo no lo odie. Lo he perdonado y he construido mi vida sobre ese perdón»”.

Francisco agradece a Daniel porque testimonios como el suyo “derriban el muro del silencio que sofocaba los escándalos y los sufrimientos, arrojan luz sobre una terrible zona de sombra en la vida de la Iglesia. Abren el camino a una reparación justa y a la gracia de la reconciliación, y ayudan también a los pederastas a cobrar conciencia de las terribles consecuencias de sus acciones”.

El Papa concluye que reza por Daniel “y por todos aquellos que, como él, han sido heridos en su inocencia, que Dios los vuelva a levantar y los cure, y que nos dé a todos nosotros su perdón y su misericordia”.

Es el perdón de Francisco.

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