«ELLAS EN EL RETROVISOR»: Diana y las otras vidas

Diana Teresa es una escritora que ha reporteado la vida de sus contemporáneos. Es una cronista del desasosiego que se pronuncia y se exhorciza con el entendimiento del dolor, sus raíces y la ilusión de su posible cura.

Hemos tenido la fortuna de disfrutar de sus relatos como en el viejo periodismo que nos regalaba novelas por entrega.

En nuestro caso, en la revista digital Mujeres Más, periódicamente tenemos el orgullo, con mayúsculas, sí, de compartir sus cuentos y sentirnos privilegiados de vernos en esa mirada de Diana Teresa sobre un México que se universaliza en la recreación de los desencuentros amorosos sin frontera entre el maltrato físico y la subordinación emocional.

La hemos padecido cuando retrata la tragedia cotidiana de quien padece celos como una asfixia y hemos incluso huído de los deseos secretos en el momento en que ella nos cuenta de éstos preciosos demonios en la ansiedad no retribuida de una mujer madura frente a un joven barista.

Recuerdo la felicidad de haber coincidido entre los impulsores de nuestra plataforma digital el día en que publicamos el relato que nos retrataba en ese amor siempre pendiente de nuestros trayectos cotidianos. Es una escritora, es nuestra escritora, nos dijimos entonces, después de leer aquel texto en el que coexisten el pesimismo de las pasiones que nunca habrán de esfumarse, porque son imposibles, con el erotismo de una caricia imaginada.

Esas eran mis consideraciones de feliz consumidora de literatura cuando Diana Teresa Pérez me invitó a la presentación de “Otra vida” (publicado por Mar de Letras de la Fundación Profersor Edgar Robledo Santiago), un libro con 21 relatos donde esos climas de la vida humana también se dan para desplegar a personajes femeninos que se enfrentan valientes con sus destinos: una maternidad, resuelta o pendiente; una conyugalidad que se esfuma por el aislamiento, el desamor o la muerte y la vocación de ser, de sentir, de existir.

Me detengo en este punto para destacar a esa boxeadora terca e incansable, Sara, quien como tantas mujeres en este país suben y suben y suben a buscar la pelea que las confirme y les otorgue un lugar el ring.

En la misma dimensión de esas ganas de encontrar un lugar, Diana Teresa recrea a la “Guardada”, una medio campista a la espera de su oportunidad en el cuento La Reserva, una oportunidad que llega y se vive sin límites, desbocadamente, hasta la fatiga y el desdibujamiento.

Hay sin embargo en este libro de historias femeninas que nos confrontan una novedosa constante: la recuperación del mundo infantil y adolescente que marca vidas. Niñas y muchachas pubertas que construyen sus propios cuentos para escapar de la ausencia de los adultos, de sus reglas estrictas, de su incomprensión y hasta de sus torturas cotidianas.

La Reina Margarita, Berrinche, La buhardilla, Paris-Londres y Rota son cuentos tan escalofriantes como disfrutables al devolvernos esos momentos de tensión, miedo, pánico, libertad y fuga en la que rehenes del mundo de los mayores pero todavía ajenas a éste, las protagonistas consiguen sobrevivir a su realidad de avasallante compentencia o a la tragedia, esa que ocurre en un instante programado para la fiesta.

La otra constante que Diana logra resolver con talento de escritora de suspenso y adicta al golpe seco de los finales sorpresivos es el tránsito de la agonía a la muerte. Sí, la muerte como constante en la sala de espera de un hospital, en la despedida de una hija aún en shock por el languidecimiento de su padre, en la recreación de los recuerdos de una madre, en el suicidio de un día de parranda nacional, en la negación de las desgracias familiares o en el luto que se niega a serlo frente a las fotografías de un hijo.

Y aunque “Otra vida” es un compendio de mujeres de todas las edades que se buscan y se encuentran, los cuentos con protagonistas varones cuentan –y valga la redundancia– con la comprensión de la autora que parece mirarlos con la misericordia de quien muy bien entiende las paradojas masculinas.

Así, en El Boleto nos topamos con el personaje apacible que escapa de su rutina laboral para irse de viaje, pero es incapaz de contender su furia frente a las pesadillas auditivas de su entorno.

Y en contraste, queremos abrazar al delincuente que se conduele de su víctima en el relato Impaciencia.

La lectura intensa, dulce a veces, sorprendente siempre de los cuentos de “Otra vida” nos obliga a regresar al sufrimiento infantil por la incomprensión de los adultos o por esos triángulos entre amigas que un día se rompen de tajo para liberarnos de esa trampa que es la búsqueda infructuosa de la aceptación, un escenario humano que Diana recrea muy bien.

Son cuentos que nos hacen sufrir por el insomnio que padecen varios personajes, pero también cuentos que nos reconcilian con la fortaleza de hombres y mujeres que no huyen a sus deseos.

De verdad que leer a Diana Pérez es una experiencia de gozo que suma sentimiento y comprensión, mucha comprensión de lo que somos cuando en el espejo miramos nuestras carencias.

Hay en estas páginas momentos lúcidos de emoción universal en el estallamiento del encuentro amoroso, aun en medio del enojo y el resentimiento.

En lo personal, me quedo con “Otra vida”. Con el libro, por supuesto. Pero también con el relato que le da nombre a esta obra y que es una auténtica delicia, un cuento que nos devuelve el permiso de vivir, sí, exactamente, otras vidas, de inventarnos con otros, de escapar de la intolerancia a los diferentes, de darnos la licencia de aceptar lo irremediable.

Otra vida y el personaje hermosísimo de una mujer que se inventa sicario porque así la imaginan sus vecinas es una oda diría yo a la bendita capacidad de reinventarnos, de jugar incluso, como dice nuestra escritora, “a ser las heroinas de los amargos”.

Hay en Otra vida, el libro, la construcción de felicidad sobre el frágil instante en que la audacia nos toma. Hay en Otra vida una reinvidicación a las fantasías, así sean suicidas, a las ilusiones que nos devuelven la emoción al cuerpo.

Pero también hay condenas, misericordiosas, pero condenas al fin: a los presuntos controles amorosos que un día se esfuman, a las amigas impuestas, al miedo a no ser, a la resignación de nunca intentar la otra vida.

Leamos a Diana Teresa, lloremos a sus personajes y disfrutemos, por favor, sí, disfrutemos su condena, esa que nos deja en el cuento de Rota: la sumisión perpetua nunca nos dará la felicidad.

Gracias querida Diana por este reencuentro. Porque una década después de habernos conocido en la redacción del periodico Excélsior, hoy celebramos a la escritora siempre cronista, siempre reporteando la pulsión de la vida.

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