«A LO QUE VOY»: El desamparado transporte

Subirse al Metro de la Ciudad de la Ciudad de México puede resultar una trampa mortal. Y no necesariamente porque alguien confabule en nuestra contra, sino porque el simple hecho de convertirse en usuario se traduce en vulnerabilidad.

Le voy a contar una historia personal de la cual fui testigo la semana pasada mientras me trasladaba de un lugar a otro en la Línea 7 –la de color naranja–. Sucede que yo iba sentado en uno de los lugares individuales (sí, en el exclusivo para embarazas, discapacitados o adultos mayores) debido a que el Sistema de Transporte Colectivo (STC) permite que cualquier persona lo ocupe mientras no lo necesite alguien con esas características, además de que el vagón en el que yo viajaba se encontraba relativamente vacío.

A un costado mío, sentado y pegado a la ventanilla, también se transportaba un señor como de 45 años de edad, quien daba la impresión de que me observaba muy fijamente, incluso con desesperación e impotencia. Yo reaccioné, lo volteé a ver y de pronto esta persona se fue jorobando paulatinamente hasta golpear la cabeza (sin meter las manos) en el filo del asiento contiguo.

En primera, yo no intenté detenerlo porque imaginé que el señor se asomaba para verificar en cuál estación íbamos, pues el convoy se encontraba totalmente detenido con las puertas abiertas esperando una nueva instrucción para continuar su paso. Y en segunda, el momento ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.

Es como si este hombre solitario se hubiera desmayado con los ojos abiertos. Obviamente, cuando mantenía la cara en el asiento, un servidor y otro voluntario lo reincorporamos, tenía una herida bastante profunda en la frente y le escurría sangre de manera profusa. Los demás curiosos también se alarmaron y de pronto alguien tuvo la buena idea de jalar la palanca color rojo que sirve para anunciar emergencias.

La víctima del incidente nunca cerró los ojos, estaba como desmayado mirando de manera desorbitada y no contestaba a mis preguntas básicas. Miraba a través de la ventanilla evidentemente pálido y lánguido. En fin, le acomodé una mochila que traía en sus manos y le regalé un pañuelo para que se limpiara.

De pronto y con gran eficiencia, llegó corriendo y agitado un señor calvo, de mediana edad, con un traje color beige que mostraba un logotipo del STC Metro a un lado de la solapa izquierda, y con un racimo de llaves en la mano. Detrás de él, también a paso acelerado y jadeante, una persona vestida de civil que parecía ser el conductor de este tren. Cuando llegaron, seguramente todos los pasajeros, al igual que yo, sintieron un alivio porque el herido se veía realmente mal.

Y cuál sería la sorpresa de todos, que el sujeto trajeado y elegante, introdujo una de las incontables llaves para regresar a su lugar la palanca de emergencia y se prestaba a abandonar de nuevo el vagón. Fue cuando le avisamos que había una persona en dificultades. A lo que contestó: “Ahorita no podemos hacer nada”, y yo con cierta adrenalina le contesté: “sí señor, pero a este hombre le está chorreando sangre de la cabeza y perdió el conocimiento, ¿qué va a pasar con él, no tienen algún protocolo para estos casos?”. Me contestó: por el momento no hay nada que hacer hasta llegar a la terminal (faltaban como siete estaciones mientras el vehículo articulado iba deteniendo en su marcha), el Metro tiene que continuar su recorrido”, sostuvo tajantemente.

Total, ahí nos dejaron con el paquete, yo tenía que bajarme en cierta estación y me hizo el relevo de detener al pobre señor ensangrentado un joven que se bajaría hasta llegar a la terminal. Ya no supe más de ese caso.

Ahora reflexiono que cualquier persona pudo haber estado en esa situación de desprotección, porque encima de que aparece algún percance, no hay quién auxilie oportunamente aunque las autoridades tengan conocimiento de los hechos. Cada día, alrededor de 4.2 millones de pasajeros son transportados en el Metro. ¿Se imagina usted cuántas vicisitudes se presentan y que desconocemos?

En junio pasado, en uno de los vagones del tren que iba de la estación Tacubaya a Observatorio, una persona del sexo masculino, de 30 años, se asomó por una de las ventanillas del convoy y se impactó contra la valla que separa la zona exclusiva para mujeres. Murió luego de permanecer en el piso varios minutos. Claro, esta experiencia se debió a una imprudencia, pero aquí no hay duda de que cualquier imprevisto puede terminar en una fatalidad por la carencia de servicios médicos.

Estas líneas no llaman sólo a la crítica, también al razonamiento para la dirección del STC y el gobierno capitalino. Sería aconsejable hacer una introspección de lo que se está viviendo en los pasillos, andenes e instalaciones en general. Prostitución, vendedores ambulantes, robo, manoseo y muchas otras irregularidades.

Atalo Mata Othón. Egresado de la escuela de periodismo Carlos Septién García. Tiene 19 años en el ejercicio del periodismo. Conduce noticiarios en Excélsior TV y es profesor universitario.

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