#MásMascotas: Lucas

Estaba ansiosa, como si fuera mi primera cita de amor. Alargué las manos para tocarlo. Sus pequeños ojos de un negro intenso me miraron mientras mis dedos sentían la suavidad de su pelaje. Aspiré su olor y lo apreté contra mi corazón sabiendo que nada ni nadie podría separarme de él. Desde entonces han pasado 10 años de mutua compañía, felicidad y amor puro. Su nombre es Lucas, un viejo pastor inglés que nació en algún criadero clandestino de esta Ciudad de México.

Nuestra primera noche juntos fue para conocernos. Luquillo, como le decimos en la familia, tenía a lo mucho mes y medio de haber nacido. ¡Era precioso! De su carita sobresalía su redonda nariz que aún ni pintaba del todo; de su cuerpo tibio, blanco y negro, sus patitas que corrían de un lado a otro balaceándose graciosamente mientras emitía agudos ladridos retándome a seguirlo.

Fue el inicio de muchos días, semanas, meses y años de alegría en los que mi pastor inglés me ha acompañado y también me ha consolado en mis desvelos y tristezas.

Recuerdo aquella vez en que lo puse sobre la mesa del desayunador para que mis hermanas y esposos lo conociera.

–¡Es corriente!– me dijo uno de ellos agarrándolo por el cuello. Como pudo, Luquillo logró zafarse y corrió hacia mí tan veloz como lo permitían sus patitas.

–“¡No me importa!”– respondí indignada al abrazarlo en tanto mi cachorro me llenaba de húmedos besos.

Cómo olvidar nuestras largas caminatas por el parque cuya diminuta figura se perdía entre los árboles en busca de ardillas, o detrás de su pelota naranja que con dificultad agarraba entre sus dientes para llevármela y se la aventara mientras su pelaje era acariciado por el aire de la mañana. Eso sí, como buen ovejero, jamás me perdía de vista y si me retrasaba un poco regresaba por mi ladrándome a pulmón abierto y con la lengua de lado.

Otras tantas veces sacaba de un cajón los calcetines que sacudía ferozmente entre sus dientes agitando su ya larga melena; otras más salía despavorido tratando de ocultarse, dejando sus redondas nalgas a la vista porque su cuerpo ya no cabía o simplemente peleando con su monstruo imaginario.

Mi pastorcito es intuitivo. Muchas noches de larga soledad y tristeza se acercaba para poner sobre mis rodillas su cabeza para que lo acariciara; cuando me perdía en mis pensamientos, un fuerte manotazo me regresaba a la realidad para encontrarme con un perro que me miraba fijamente con enorme comprensión. Lloraba mojando su pelaje blanco y largo mientras mi Lucas se acurrucaba muy cerca de mí y yo veía cómo llegaba el amanecer y se escondía la luna.

Lucas, sin saberlo, me ha llevado a la más fuerte experiencia de mi vida: luchar por el respeto y la dignidad de los animales. Con él he formado una hermosa familia de ocho animalitos que sufrieron de abandono y maltrato. Sus miradas de tristeza ahora son de felicidad; la mía es de enorme agradecimiento porque en ellos he encontrado no solo compañía, también lealtad y amor eterno.

Juntos hemos corrido aventuras bajo la lluvia; juntos hemos sido felices; juntos hemos llorado la muerte de mis padres y abuela; juntos hemos extrañado a quien se ha ido en busca de otra vida. Juntos hemos envejecido y juntos caminaremos hasta atravesar ese gran río que nos llevará hasta donde está Dios. 

¡Luquillo, gracias por haber llegado a mi vida!

#Columna de Elena Chávez. Estudió periodismo en la escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito los libros “Ángeles Abandonados” y “Elisa, el diagnóstico final”. Reportera en diversos diarios como Excélsior, Ovaciones, UnomásUno; cubrió diferentes fuentes de información. Servidora Pública en el Gobierno del Distrito Federal y Diputada Constituyente externa por el PRD. 

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