«POTENCIAL»: Universitarias ante el acoso

14 julio, 2017

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A pesar de que la educación universitaria es uno de los principales factores de movilidad social de las mujeres, y propicia el acceso al mercado de trabajo con mayores posibilidades de éxito, la vida interna de las Universidades es un micromundo que representa a nuestra sociedad en las complejidades, por ejemplo las estructuras que sustentan al machismo.

Celebro que poco a poco distintas facultades, valientes profesores hombres y mujeres han estado elaborando protocolos de intervención para casos de acoso sexual en las escuelas. Esto es de radical importancia porque una de las piedras de toque del machismo es la violencia en todos sus niveles.

Los protocolos y equipos de dirección comprometidos con aplicarlos son fundamentales para modificar las estructuras académicas, curriculares, de docencia que han sido moldeadas dentro las prácticas sociales misóginas, y por lo tanto afectan el desempeño de quienes trabajamos o estudiamos en una Universidad.

Alguna vez tuve una discusión con una respetable feminista, a raíz de un artículo que publiqué sobre los estereotipos que ligaban los saberes de las mujeres y los símbolos de la noche, el diablo y las brujas, entre otras cosas. “No te andes por las ramas, el centro de todo es la violencia”, me dijo, y sigue teniendo razón, pero yo también la tenía.

Así como en los arcos del mundo antiguo tienen la clave, esa pieza que está en el centro y que les permite resistir el peso de las paredes y llegar a nuestro siglo. También la violencia, en particular la violencia sexual, es la pieza angular de la estructuras machista de una sociedad, pues si mi integridad está riesgo en la ciudad, en el campo, en la Universidad, y me “protejo” dejando de asistir a los lugares donde se toman las decisiones, se construye el conocimiento, se hace el arte… mi posición no cambia en la sociedad.

No hay lenguaje inocente, un profesor que hace una insinuación a una alumna, o una profesora que tiene un trato privilegiado con los varones, es parte de la misma cultura regida por las prácticas misóginas. No es cuestión de las características sexuales, se trata de una cultura en la que se naturaliza la posición subordinada de las mujeres.

Así que los protocolos para combatir el acoso en las Universidades son esa pieza y es central que se tengan en todas.

También quiero defender mi punto de los símbolos y los discursos: los cuentos de brujas, las pinturas del siglo XIX que pintaban a mujeres como hadas indefensas o como suicidas vencidas por el amor, así como el discurso de la santa inquisición que presentaba al demonio en el cuerpo de una mujer, las “tentaciones de la carne” como pecado provocado por la presencia masculina, también dan fuerza a estas estructuras contrarias al desarrollo de las mujeres. Son la argamasa que mantiene unida cada una de las piedras de los antiguos edificios.

Alguna vez dando estas explicaciones a colegas periodistas me preguntaron y ¿cuál sería entonces la metáfora arquitectónica que nos describiría a nosotras y a lo que hacemos?

Respuesta: Como la gota de agua constante que hiere la roca y la quebranta.

Genoveva Flores. Periodista y catedrática del Tec de Monterrey. 

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