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«COLUMNA INVITADA»: ¡Qué semanitas!

El noticiero que escucho en las mañanas rumbo al trabajo suele ser bastante positivo, los titulares por lo general bromean entre ellos y enriquecen el programa con cápsulas de interés general.

No sé si soy yo que me he sentido particularmente melancólica, o sea también el clima tan frío y gris, pero siento como si en estos últimos días no se pudiera decir nada bueno en este país. Las noticias son en verdad devastadoras, sucesos terribles han ocurrido en estos días.Ni siquiera es que haya una razón como una guerra o una catástrofe natural para que se justifiquen tantas calamidades. 

Lo peor es que son desgracias que ocurren en la cotidianeidad de los días, en la intimidad de las familias, en el día a día de la vida de la ciudad: una niña violada y asesinada a bordo de una combi, y una familia que llora por justicia, una madre que se suicida y asesina a sus hijos para “protegerlos” de las agresiones de su padre y una sociedad que parece ya ser indiferente a este tipo de sucesos”.

Igualmente, una campaña publicitaria en los autobuses públicos nuevamente discriminando a los demás tipos de familias y sociedades conyugales, mintiendo arbitrariamente y demostrando su intolerancia, poniendo la mano en la boca de una mujer para impedir que cuestione, frente a un público cada vez más indiferente y ajeno…

Un menor encadenado y torturado por su propia madre, una Doctora asesinada en presencia de sus hijos. Y así me podría seguir, desde lo más grave a lo más cotidiano dramas familiares por herencias, por infidelidades, hartazgos de la gente en sus áreas laborales, mujeres que callan la violencia con la que viven cada día, y la impunidad es un común denominador en todos los casos; la maldad y el resentimiento de personas que buscan vengarse por propia mano de algo, no sabemos de qué, tal vez de maltrato en su infancia, abuso, injusticia…

Cada caso habla de una historia diferente, en cada historia me puedo imaginar un terrible y ancestral sufrimiento, un rencor heredado de generación en generación, un odio callado y ciego contra alguien, contra las autoridades, contra los hombres o las mujeres, contra los progenitores, contra la vida… no hay otra razón que me explique lo que leo y escucho en las noticias.

Ojalá fuera una persona esotérica y encontrara respuestas en teorías astrológicas o en profecías o castigos divinos, o en las hormonas que trae el pollo. No creo que esto sea tampoco culpa de la contaminación ni de los videojuegos, ni de que las madres salgan a trabajar y a buscarse un desarrollo profesional o una manera para sustentar la economía familiar.

Debe de haber tantas respuestas como corrientes religiosas y filosóficas haya en el mundo, pero nada me explica que alguien pueda tener la sangre fría para violar y asesinar a una menor que su papá resguardó de la lluvia en una combi, o que un niño saque una pistola en el salón de clases y asesine a varios de sus compañeros y a su maestra; o que haya gente que de esto haga bromas y difunda videos.

La violencia no se justifica en ningún caso, pero es que aquí ni siquiera nos violentamos por hambre, ni por territoriedad, ni por problemas políticos, que no es que no los tengamos pero no creo que la mayoría de estos casos sea por la búsqueda de la democracia o la honestidad política.

No hay razones religiosas que expliquen que un tipo dispare a quemarropa a una Doctora en presencia de sus hijos, o una madre encadene y torture a su hijo; ni modo que me digan que de chiquita jugaba con videojuegos violentos; la razón es un odio ancestral, profundo, que pareciera natural a nuestra esencia humana.

Hace unos días tuvimos consulta en la Clínica Shriner´s para niños, fundada por La Orden Antigua Arábiga de los Nobles del Relicario, dato que a muy pocos de los que asisten todos los días a consulta interesa.

Al sur de la Ciudad de México y en varias ciudades de Estados Unidos y el mundo, la Clínica Shriner´s da servicio gratuito y desinteresado a millones de niños con problemas ortopédicos, de quemaduras, labio leporino y paladar hendido.

El único requisito para ser atendido en estas clínicas es ser menor de 18 años y que la enfermedad o malformación sea tratable. Millones de niños y sus familias acuden a consulta, rehabilitación, terapia psicológica, trabajo social y cirugía, sin ningún costo de ningún tipo. Incluso si los familiares de los niños no tienen medios económicos, la clínica corre con los gastos de traslado y hospedaje de los familiares. Lo sé y me consta porque llevo varios años asistiendo a este hospital.

A poca gente le interesa o entiende el significado de la escultura que está en la entrada, o la vitrina con gorritos rojos y palabras en letras doradas árabes, las fotos en blanco y negro de los primeros Shriner´s, que son nada menos que un cuerpo dependiente de la Francomasonería. 

Cientos de doctores y enfermeras, trabajadoras sociales y técnicos laboran diario por un fin común. Ningún niño ni familiar demuestra ningún tipo de curiosidad por saber de dónde vienen los medios para cubrir las costosas instalaciones, nóminas, personal, mobiliario, quirófanos y demás gastos de un organismo con esta infraestructura. Simplemente reciben la ayuda y la agradecen suponiendo como en todos los casos de altruismo que la ayuda viene de un Ser Divino y es brindada a través de personas con algún grado de santidad y título celestial nobiliario. 

Lo mismo da si fueran monjas, pastores, rabinos, monjes budhistas, masones o cualquier otra sociedad secreta o pública de la que no entendamos bien el origen. 

Nos sentimos agradecidos por la ayuda brindada y devolvemos en bendiciones los favores recibidos. Las cosas dentro de la clínica transcurren cada día como si no existiera otro universo, como si al entrar dejaras todas las noticias atrás y hubiera solo este escenario de niños que tuvieron la desventura de nacer sin la bendición de la salud pero con otra bendición que solo ellos y sus familiares saben que tienen.

No entiendo que en la calle alguien haga propaganda “A favor de la familia”, utilizando dinero y recursos para anular cualquier otro tipo de idea que no sea compatible con la suya y dentro de una clínica en donde a todos lo único que nos identifica sea el anonimato, nos veamos con compasión, empatía y sin cuestionamientos, con un solo punto en común: la desgracia, o tal vez sea todo lo contrario, la gracia de tener un propósito y un fin común. 

Bárbara Lejtik. En Twitter: @barlejtik En Instagram: labarbariux. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, queretana naturalizada en Coyoacán. Me gusta expresar mis puntos de vista desde mi posición como mujer, empresaria, madre y ciudadana de a pie. 

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