«CINÍSIMO»: Natalie Portman se roba el show con Jackie Kennedy

Pablo Larrain, prometedor pero aún novato director chileno, fue el elegido para conducir una superproducción en Hollywood con altas pretensiones, acerca de un capítulo específico de la vida de Jacqueline Bouvier: el asesinato y posterior funeral de su marido, el presidente de EU, John F. Kennedy.

Jackie” (2016) tuvo un impacto moderado en taquilla pero una recepción más que positiva en la crítica. El proyecto se había bosquejado, iniciado y caído más de una vez desde su surgimiento en 2010, e involucró en algún momento a Darren Aronofsky en la batuta y a Rachel Weisz en el rol protagónico.

El film fue estrenado en el Festival de Venecia de 2016 y colectó una moderada estela de preseas y nominaciones durante la temporada de festivales y premios (sobre todo en guión y actuación femenina), concluyendo con sus tres nominaciones al Oscar, una de ellas la de Natalie Portman como mejor actriz, estatuilla que debió ganar, en opinión de algunos analistas.

Primera dama in extremis

La ambientación y en general toda la puesta en escena es extraordinaria, realmente te transporta al momento. La cinta logra meterse en tus sentidos y te lleva a ese crucial e icónico punto de la historia… Entonces, toda la dramatización de las cosas cotidianas y prosaicas (grandes y pequeñas) se vuelve verosímil: desde la incomodidad de Jackie al asearse y quitarse un poco la sangre para poder atestiguar el juramento solemne de Johnson en el vuelo de regreso, pasando por la grilla del equipo cercano (ahora trabajando para el nuevo Presidente) tratando de contrabandear el ataúd y a la viuda de la atención de la prensa, etc.

El dilema personal de Jackie, el nudo de la historia, es preciso y poderoso, qué duda cabe; pero ni Portman ni Larrain logran comunicárnoslo más que de un modo intelectual, nunca realmente sentimos de manera íntima y emocional el desafío.

Todo el esfuerzo de Jackie en las grillas y los jaloneos con el nuevo gabinete y la seguridad (con una intermitente alianza de su cuñado Robert Kennedy) pretenden cristalizar un funeral de altos vuelos (histórico, comparable al de Lincoln), ¿pero ello lo hace por honor a John, a su legado como presidente, o para satisfacción egoísta de sí misma? That´s the question… Toca al espectador aquilatar su propia respuesta.

Ahora bien, en cuanto al armado del film, la idea de adoptar una narración no lineal será siempre bienvenida (sobre todo en cintas biográficas que tienden a volverse rutinarias y tediosas sin un recurso de este tipo), pero el manejo de flashbacks debe ser cuidadoso pues puede hacer que el conjunto de la obra pierda cohesión y orden. En ese tenor, siempre es de la mayor importancia no perderse en el vaivén antes/hoy/después, manteniendo un sólido presente narrativo desde el que brinquen las rememoraciones.

Y me da la impresión que Larrain se pierde un poquitín en este aspecto: Durante todo el planteamiento inicial parece que el presente cinematográfico del film es la entrevista de prensa con Life Magazine, posterior al asesinato: desde ese plano se revive la fatal gira de los Kennedy a Dallas, de 1963: la caravana, los disparos, el hospital, el regreso a Washington y otros flashbacks, en un todo muy orgánico.

Pero a continuación se presenta otro posible plano del presente narrativo: la plática privada con el sacerdote (que casi al final ubicamos como muy posterior a todos los hechos). Nada en principio le impide a un director mudar a medio camino el plano desde el que se disparan los flashbacks, en efecto; pero corre el riesgo de que el espectador se pierda un poco y a su producto le reste cohesión. Sin ser fatal o crítico, algo de esto le pasa a la “Jackie” de Larrain.

Y tal vez ello contribuya a explicar por qué no logramos meternos a las entrañas del dilema de Jackie; nunca nos queda claro el desarrollo de su propia conflictividad, el cómo procesa su duelo y su tránsito a un futuro como exprimera dama… El tétrico episodio de su solitaria ‘noche de copas’ de despedida en la Casa Blanca, es un buen ejemplo al respecto: vemos el proceso, entendemos su problemática, pero no nos toca emocionalmente.

Por cierto, ese episodio se aprovecha (de un modo un poco forzado, hay que decirlo) para traer a colación la raíz de aquel asunto de una supuesta tradición ‘Camelot’ que, como Jackie explica cerca del final, conecta a los Kennedy con el mitológico Excalibur pero mediante una asociación más bien mundana y frívola: un musical y el anhelo juvenil de John.

Por lo demás, las actuaciones restantes son muy competentes y contribuyen a la enorme credibilidad del film; destaca para mi gusto el breve pero extraordinario trabajo de John Hurt como el sacerdote de la plática/confesión de Jackie, ya referida. Fallecido recientemente, este bien puede ser uno de sus últimos trabajos y realmente se luce con sus exigentes diálogos con Portman.

Realismo verbal

Ahora abordemos un asunto que ha causado su propia pequeña estela de especulación y debate: La pronunciación usada por Natalie Portman es realmente peculiar y acaba por entrometerse con la fluidez de los diálogos donde ella participa (que son buena parte del film).

Los puristas la defienden al sostener que la peculiaridad proviene del original, de la misma Jackie Kennedy. Hay otras teorías, claro: ¿De verdad será similar a la dicción de Luanne, personaje de “King of the Hill”, como insinúa socarronamente un maloso colega en redes?

Me tomé la molestia de ver metraje original de Jackie Kennedy: su entrevista presentando la Casa Blanca en 1961, la que dio a finales de los 50 como esposa del entonces senador Kennedy, etc. En efecto, hay en su estilo de hablar ese tono afectado y ralentizado (si se me permite el barbarismo técnico, ya autorizado por la RAE ).

Con todo, el uso riguroso de la dicción peculiar me sigue pareciendo excesivo. Opino que la película hubiera caminado mejor con una atenuación gradual del pintoresquismo de Jackie (y no creo que nadie hubiese impugnado la actuación de Portman por semejante ‘crimen’ ¿o sí?).

Sucede todo el tiempo en el cine: Recuerdo un pasaje que resuelve un dilema similar al inicio de “The Hunt for Red October” (McTiernan, 1990): Los personajes son oficiales soviéticos y la escena inicial sucede en un submarino nuclear en absoluto ruso; claro que se admira el realismo y se escuchan preciosos los diálogos.

Pero justo cuando el recurso comienza a ser un estorbo (bajar la vista para leer subtítulos es una frieguita), la escena se cierra en el capitán Ramius (Sean Connery) que cita un fragmento del Libro de las Revelaciones (Revelación 16:15-17); el close up llega hasta el nivel de los labios y, de pronto, en la palabra Armageddon, la lectura del verso continúa en inglés, y la toma se vuelve a abrir lentamente mientras la escena prosigue… A partir de ese momento toda la acción sucede en inglés. Muy elegante solución, ¿no les parece? 

Alberto Monroy. Citando a un clásico: “Estudió cómo cogen las ballenas en la Universidad del Congo; cumplirá 96 años el próximo verano”. 

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