«ELLAS EN EL RETROVISOR»: Jóvenes y viejos, bellas brechas

De nuestro tiempo me encanta la posibilidad de tener amigos de otras generaciones.

Conversar con jóvenes de una, dos y hasta tres generaciones atrás de la mía es un privilegio que disfruto mucho.

No se trata de dar consejos ni de tirar netas de señora. No. El reto es construir relaciones donde lo que cuenta es el deseo de compartir y el principio de la equidad.

Y ahora, con mayor frecuencia, cultivo amigos de generaciones anteriores que me llevan 10, 20 o 30 años y con quienes el intercambio de vivencias se vuelve una experiencia tan intensa y aleccionadora como en la juventud lo era para mí leer la novela de un clásico.

En este ir y venir de generaciones, la amistad con los llamados millennials y con los adultos en plenitud me ha dado la experiencia de pulsar los diversos significados del tiempo.

Mientras el futuro de un egresado universitario es infinito, el presente de un jubilado es intenso.

La prisa entonces se vuelve un elemento que nos separa. Y a ésta se añade ahora el manejo intensivo de las tecnologías.

Así, mientras mis amigos millennials manejan la cuenta bancaria desde su celular, piden transporte y comida uber y atienden más sus contactos de Tínder que su Facebook, mis amigos mayores se frustran por no saber cómo mostrarme las fotos de sus nietos y necesitan detalles de contexto de aquellas historias relacionadas con las redes sociales.

Y cuando hablamos de emociones, incertidumbres amorosas y problemas familiares, la mirada de mis amigos adultos en plenitud siempre busca una respuesta incluyente, en contraste con el “allá cada quien” con el que mis cómplices jóvenes quisieran aliviarme.

Mientras mis millennials se pierden en el horizonte en su bicicleta, mis viejos hermosos aprietan el paso tratando de encubrir la lentitud propia de la edad.

Frente al contraste me preocupa la impaciencia. La mía frente a quien camina despacio y la que yo voy a ir generando, cada vez más, en los muchachos que corren.

Porque de eso se trata el respeto a la diversidad: de entender y atender las circunstancias, los pasos y las necesidades de cada persona.

Claro que importa la seguridad social y la cero tolerancia al maltrato de nuestros mayores, el reconocimiento a sus aportaciones, la capacidad del Estado de potenciar su experiencia.

Sin duda que es fundamental que las familias, las políticas públicas y el Estado nos ocupemos del bienestar de la denominada tercera edad.

Pero más allá de los dichos y las medidas concretas, vale la actitud, el entendimiento cotidiano y a profundidad del tiempo de los mayores.

Más allá de las pensiones, nosotros tenemos que aprender a bajarle a la prisa y romper la brecha tecnológica entre los niños y sus abuelos.

No excluyamos a nuestros mayores de las conversaciones ni de los códigos de la comunicación que ahora imponen los teléfonos inteligentes.

Caminemos despacio junto a ellos disfrutando su tiempo e involucrándolos siempre en el tiempo nuestro, que es el de todos.

Seamos orgullosamente jóvenes en el ánimo del aprendizaje, orgullosamente viejos en el deseo de cubrir sin miedo el ciclo de la vida y orgullosamente bellos en la capacidad de disfrutar la prisa y los pasos lentos.

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