«VÍA LIBRE»: Jimena en un taxi

Jimena está desesperada. No pasa ni un taxi. En el ‘sitio’ de siempre le dicen que por la lluvia las unidades están saturadas de trabajo y tiene que esperar mínimo otros 20 minutos y no, no puede esperar más. Tiene que llegar a trabajar a como dé lugar.

Por allá, a lo lejos se ve uno. Ella siempre ha sido cuidadosa en subirse a ruleteros de la calle, pero esta vez no piensa ponerse exigente. Con el paraguas le insiste la parada y el viejo auto, todo descalabrado, se detiene y se sube apresurada y ansiosa.

Está muy preocupada porque su cabello se ha mojado y hace gesto de enojo al darse cuenta que las dos horas que invirtió en ponerse guapa para la junta de consejo, han quedado arruinadas por el agua y el viento.

¡Ya qué! Ya está en el auto y se siente un poco aliviada entre tantas inconveniencias del clima.

¿Tiene cambio de uno de 500?, susurra mientras acomoda su bolso, carpetas, sombrilla y su cartera de mano.

El chofer le dice sonriente que sí, que tiene cambio.

Respira aliviada y se sume en el viejo asiento que le molesta los riñones y la hace ponerse de lado para aguantar el viaje.

Yo siempre traigo dinero, le dice el conductor mientras le muestra su cartera llena de billetes. Generalmente no traigo mucho cambio pero hoy está de suerte, señorita.

Mientras enfilan hacia la avenida Doctor Vértiz, el dueño del volante la mira por el espejo y sonriente le dice: fíjese que a mí siempre me va bién con el dinero. Yo trabajo de noche y es cuando más dinero hago.

Jimena es de pocas palábras con extraños, pero al verse atrapada en el tráfico a causa del torrencial, decide seguirle la conversación al hombre.

“Yo circulo más por las noches”, le cuenta el chofer. “Ando mucho por lugares donde la gente se va de fiesta. Por lo general levanto gays, transexuales o de plano me lanzo a la calle de Sullivan donde trabajan las chicas de ‘la vida galante’ y les doy servicio a ellas y a sus clientes”.

Mire, doñita, yo por unos pesos más les dejo hacer lo que quieran. Nada menos… hace una hora una pareja hizo aquí mismo el amor.

Jimena se incorpora del respaldo un poco asustada y asqueada. Ella, que viene bañada en su carísimo perfume “EMOZIONE” de Salvatore Ferragamo, siente que le invade el cuerpo el aroma, el sudor y las feromonas desprendidas en la vieja tela del asiento.

Sus manos quedan suspendidas en el aire. No quiere tocar nada. Se aferra su bolso y no quiere imaginar nada.

“A veces hasta alcohol traigo a bordo para que se la pasen bien, jefecita”.

Jimena no puede creer lo que escucha.

“Les doy la vuelta, les llevo a lugares secretos que solo yo conozco y los dejo que hagan de las suyas. Casi siempre son hombres casados que quieren tener una aventura y buscan lo que sus esposas no les dan en casa. A veces con mujeres, con chicas trans o con jovencitos. Yo no juzgo a nadie. A mí me interesa la plata. El más barato de mis viajes es de 200 y el más caro, según el tiempo que se tomen o lo que quieran hacer, les sale como en 600 u 800 la paseadita”.

Jimena ruega porque todos los semáforos se pongan en verde y llegar pronto a su destino. No puede más. Ya no quiere seguir escuchando.

“A veces me piden gente con ciertas características y yo las consigo. Ya tengo telefonos de quienes hacen sus chambitas clandestinas y yo, pues además de lo que paga el cliente, me llevo comisión de mis regulares”.

Llegan al edificio donde trabaja Jimena y ésta saca de su bolso un “kleenex” y con ése mismo maniobra la manija de la puerta despues de recibir su cambio. “Gracias señor”, alcanza a decir tímidamente.

Antes de bajar del auto, el conductor le extiende una tarjeta con su nombre y número y le dice: “También tengo contactos de jóvenes venezolanos y colombianos que atienden a señoras casadas, por si algún día se le ofrece, seño”.

Mientras espera ansiosa el elevador, mira de nuevo la tarjeta, la hace pedazos y la tira al bote de basura más cercano.

“¡Pues que se habrá pensado este rufián!”, piensa mientras entra al ascensor y saluda a los viajeros del mismo. ¡Qué tranquilidad sentirse a salvo!

Raúl Piña es egresado de Ciencias de la Comunicación (UNAM). Extrovertido, el mejor contador de chistes y amante de las conversaciones largas. Fiel a su familia, de la que adopta honor, valor y mucho corazón. Vive en Toronto, Canadá, desde hace 20 años, pero sus raíces sin duda son 100% mexicanas. Escribe como le nace y como dijo Ana Karenina: “Ha tratado de vivir su vida sin herir a  nadie”. 

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