«PUERTA ABIERTA»: El ejercicio de la escritura

3 enero, 2017

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El reportero es el testigo por excelencia de la cotidianidad, “es el historiador de lo inmediato”. 

A mediados de 1978 hice mi primera incursión en el periodismo de aquel entonces. Un diario editado en Villahermosa, Tabasco, una ciudad al sur de México, que, por cierto, es la más tropical del país y una de las más calurosas. El breve tiempo que el escritor inglés Graham Greene pasó por allí, documentándose para escribir su novela El poder y la gloria, en su mal humor expresó que sólo en Liberia había sentido tal brutalidad de temperatura.

 

Yo iniciaba el primer año de preparatoria y ya era un lector. Mi padre consideró que convertirme en periodista era una opción de vida, que combinaba con mis estudios, y me llevó con la directora del diario Avance. La directora se llama Lilia Pérez Solís. Ella era una mujer menuda, de un rostro que resaltaba por una fealdad particular, pero que no llegaba a herir, como muchos decían de ella; llevaba un peinado abultado de los años 60 y en su conversación cotidiana ejercía una ironía que hacía reír o temer a sus colaboradores o a sus contertulios. Al momento de escribir su columna en aquellos tiempos del priismo absoluto, se entregaba al régimen sin concesiones.

 

Todo era letra escrita y papel: parece que escribo de tiempos antediluvianos; y el Avance tenía una particularidad surrealista: se nutría de noticias de agencias y columnas locales, y ya recopilado el material, se enviaba por la tarde a la ciudad de México en donde, con premura se formaba e imprimía y regresaba por carretera a Villahermosa. Se dio el caso que el periódico de un martes no llegó y circuló junto con el ejemplar del jueves, pero en la sociedad del Tabasco de entonces tal cosa formaba parte de una realidad que no sorprendía a nadie. Macondo puro.

 

Comencé como reportero, y lamento no haber persistido como tal, pues el reportero es el testigo por excelencia de la cotidianidad, o como diría en frase afortunada un título de Renato Leduc, es el historiador de lo inmediato.

 

De esa época de finales de los años 70, siempre guardo la imagen en penumbra de esa vieja casona tabasqueña, la calidez de ciertos personajes y el recuerdo de un grupo de aspirantes a reporteros que nos enfrentábamos con nuestra corta experiencia a la noticia que se genera del inevitable conflicto y la figura de doña Lilia, directora del Avance.

 

En lo personal, sigo siendo un hombre de papel y tinta, y la última vez que tuve una columna propia disfruté siendo periodista de redacción;  reconozco que en ello hay una nostalgia negativa a enfrentar el nuevo tiempo, la novedad, que desde los tiempos de Felipe II se decía que no convenía. Que el tiempo debía seguir siendo ultramarino.

 

*** 

 

Por primera vez escribo para un periódico digital, y tal género o manera de hacer periodismo tiene ya características propias. Voy rezagado por voluntad personal, pero rompo esa barrera psicológica e inicio un capítulo nuevo en mi aventura humana, en mi relación con esas diosas que son las palabras.

 

En la red siento que mis palabras o textos quedan no impresos sino flotando en un espacio que inmenso y desconocido pertenece a nadie aunque pertenezca a todos, y que no tienen peso. En cambio, en la letra impresa en el periódico o en el pequeño o pesado libro, las palabras están siempre a la espera paciente o al generoso acecho de su lector-descubridor, y como en los antiguos libros de magia, al ser leídas recobran sus poderes originales.

 

La escritura digital me recuerda una cita de Giovanni Sartori respecto al invento de Gutenberg, que está en su Homo Videns: Entre las escasas voces contrarias, recuerdo a Scuarciafico, un literato que se oponía a la cantidad de libros que se podían hacer con la imprenta porque debilitaba la memoria y la mente”.

 

 

En una conferencia, en el Colegio Nacional de la calle Donceles, al inicio José Emilio Pacheco poderes: “Añado una gota más al océano de tinta sobre Rubén Darío”.

 

 

Gota de tinta, espacio sideral de las palabras, poesía infinita de llegar a cualquier parte del mundo con sólo un teclazo, y que me remiten a la Tercera Ley de Arthur C. Clark, el autor de Odisea 2001: Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.

 

Entro a esa magia agradecido y acompañado de MujerEsMás. Trataré de estar a la altura de su inteligencia, de un entusiasmo que me fortalece y de su sensibilidad que siempre es mi maestra constante. 

 

 

 

 

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