«GINECEO»: Esther Zuno de Echeverría, “La compañera”

11 noviembre, 2016

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La “primera dama” Esther Zuno fue la iniciadora de las escuelas para padres y madres de familia. 

María Esther Zuno Arce, tenía el trabajo y el nacionalismo incrustados en el alma. Fueron la gran herencia de su padre, don José Guadalupe Zuno Hernández, político jalisciense, gobernador de su estado, amigo de presidentes, artistas y militares, periodistas y amante de las artes. Nació en 1924 (su acta estaba firmada por Obregón y Ávila Camacho como testigos) siendo la tercera de 12 hijos. Apenas con 16 años marcó su vida y corrió como dice Sara Sefchovich, “la suerte de la consorte”. Inició su noviazgo con el entonces pasante de derecho Luis Echeverría Álvarez, con el que contraería nupcias cinco años después (su acta estaba firmada por José López Portillo como testigo). Alguna vez confesó, que por el ambiente de famosos en que se desenvolvía, imaginaba casarse con un “presidente” y salir al balcón de Palacio Nacional para saludar al pueblo. Su sueño se vio realizado cuando en 1970, su esposo se convirtió en el primer mandatario del país. Y ella era “Primera Dama” pero nunca le gustó el mote, decía que era “una transculturización de los Estados Unidos, tan grave como la Coca Cola”. Prefirió que le llamaran, “al puro estilo revolucionario”, la “compañera” Esther. Y ella, a su vez, llamaba a su esposo y presidente, por el apellido: ‘Echeverría’.

Sefchovich señala que estaba acostumbrada al trabajo duro. “María Esther no sólo no temía hacerlo, al contrario, lo convertía en un orgullo”. Es famosa una anécdota de la visita que hicieron ella y el presidente a Inglaterra, donde se les recibió con todos los honores y se les alojó en el Palacio de Buckingham. Al día siguiente, y como era su costumbre, María Esther se levantó muy temprano por la mañana y, para desmayo de los atildados sirvientes que pusieron a su disposición, tendió su cama”.

 

A diferencia de la desproporción que se ha vivido en los últimos años, María Esther es considerada como una de las primeras damas más sencillas de la historia del país. Eso se notaba sobre todo en su modo de vestir. “Una falda y una blusa o un vestido de algodón eran su atuendo, y jamás se le vio con pieles, sombreros o joyas”. Al pasar a formar “parte del mundo efervescente de Los Pinos”, como decía Julio Scherer, impuso una moda mexicana, desde la decoración de la casa presidencial con objetos y artesanías traídas, ex profeso, directamente desde Tlaquepaque, con todo y sus equipales para las visitas. Para las fiestas y celebraciones, cambiaba los vinos y licores ‘extranjerizantes´ por aguas de chía, horchata y Jamaica; además su aparición en las reuniones oficiales era vestida de tehuana, “en la más pura tradición de los años treinta”, como señala José Agustín en su Tragicomedia mexicana. “Sólo que en 1971 la gente no recordó a Frida Kahlo, sino a las meseras de los restaurantes Sanborns, que solían vestir trajes autóctonos y que, a partir de ese momento, se les conoció como “las esthercitas”.  

 

Las diversas biografías que se han realizado sobre su persona señalan que aunque poseía una vocación de servicio nato y de amor por la patria, también se advierte que “Doña Esther no tenía intenciones, como sus antecesoras, de pasar como “abnegada Madrecita Mexicana; ella también venía en plan de lucha y dispuesta a llamar la atención”. Y es que desde su llegada a Los Pinos, María Esther Zuno de Echeverría se caracterizó por llevar a cabo un intenso trabajo de asistencia social. Desde su trinchera como “primera dama”, o desde el “voluntariado” como ella le llamaba, realizó un servicio social que hasta la fecha se reconoce como “eficaz”. Quería emular a doña Eva Sámano de López Mateos, a quien admiraba.

 

“Como presidenta del entonces Instituto Mexicano de Protección a la Infancia (IMPI, posteriormente DIF) continuó con los programas a favor de los niños, pero los amplió considerablemente. Por ejemplo, los desayunos escolares crecieron en número y llegaron a más zonas marginadas”. Pero a esto lo consideraba insuficiente. Pensaba que con ayudar al niño no se apoyaba a la familia. Implementó entonces un programa de educación para mujeres campesinas, a quienes consideraba como el “pilar de las familias”. Desarrolló un proyecto con las diversas instituciones de salud para que se les admitiera y se capacitara a las parteras empíricas. “Durante su estancia en la residencia oficial de Los Pinos, se volvió obligatorio que las esposas de los funcionarios, gobernadores y presidentes municipales participaran en las tareas de asistencia social”.

 

Además de ello, la historiadora, María del Pilar Elías Salazar, autora del libro La compañera María Esther Zuno de Echeverría, asegura que “también fue la iniciadora de las escuelas para padres y madres de familia en 1973; instauró en México las campañas de matrimonios y registros colectivos, actividades que aún se realizan a nivel de los gobiernos federal, estatales y municipales. Uno de sus legados más importantes de labor asistencial fue la elaboración de la ley que separa los juzgados de lo familiar de la materia civil. De este, modo los menores tienen el respaldo de la ley para los casos en que el padre decide abandonar a la familia”.

 

Pero no todo fue miel sobre hojuelas, pues le tocó “la suerte de la consorte”. Y es que la vida de doña Esther resulta imposible separarla de su relación con el presidente Echeverría, uno de los políticos más cuestionados de la historia nacional por sus antecedentes políticos: como Secretario de Gobernación durante la masacre de estudiantes el 2 de octubre de 1968, pero sobre todo, su gestión presidencial, señalada como una de las más “ineficientes, cínicas, dispendiosas y corruptas” del México contemporáneo. A partir de su presidencia, se gestó una crisis generacional que aún perdura en nuestros días.

 

Probablemente la historia ha logrado condonar en cierto grado a la figura de doña Esther, en relación a su esposo, pero aún así, el escarnio popular no la deja fuera de los chascarrillos. Y para muestra, tres botones: “En una ocasión, recibiendo a unos dignatarios extranjeros en su oficina de Los Pinos, platican que la señora se la pasaba viendo por la ventana, gritando: ‘lo verde para arriba’. Finalmente, explicó a sus visitantes: ‘es que Luis está plantando unos árboles en el jardín’”. En otra ocasión, en el auto, doña Esther sintió que había una falla. Le pidió entonces a su esposo que verificara si funcionaban bien las luces direccionales. El presidente sacó la cabeza por la ventanilla e informó: ‘ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no…’. “Hacía el final del sexenio, los altos jerarcas del PRI se acercaron a doña Esther para ofrecerle la candidatura la presidencia. La señora, evidentemente se sonrojó un instante, antes de aceptar, muy emocionada. Sin embargo, le asaltó una duda enorme: ‘¿Podrá Luis con el DIF?”. 

 

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Carlos Silva. Maestro y candidato a doctor en historia por la UNAM. Su especialidad: historia política contemporánea. Publicaciones: El Diario de Fernando; las biografías de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Gonzalo N. Santos; 101 preguntas de historia de México; Todo lo que un mexicano debe saber. Es coordinador de Gestión Cultural de la Subdirección General de Patrimonio Artístico del INBA y dirige su propio sello editorial Quinta Chilla Ediciones. 

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